martes, 22 de mayo de 2007

Viejas evocaciones de Nueva York

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...Sí, joder! debe ser la época... el buen tiempo, que hace aflorar el buen rollo, que hace surgir las buenas sensaciones.. e inevitablemente llegamos a ello, a recordarla...

Sí es verdad que cuesta mucho olvidarla, con todos sus encantos; siempre dispuesta a ofrecerte cualquier cosa que quieras, cualquier idea estrafalaria que se te ocurra, la puedes hacer realidad en ella...
Qué grande sería disfrutar de este maldito insomnio con ella, con sus recovecos, sus olores, sus sensaciones; qué grande sería poder levantarte de la cama a las 3 de la madrugada, tras desesperarte ante la incapacidad para dormir, y bajar en su búsqueda incluso casi con lo puesto…
Sí, también es igual de verdad que recorrerla de arriba a abajo estaría muy bien, en cualquier medio, pero que hacerlo con una gorra y una bicicleta... es un encanto aparte.

Y es que, oh! Nueva York... qué ciudad! es la más pura verdad. Qué grande bajar de tu piso en la 24th y meterte a echarte unos bailes de hip hop technero-garagero en una vieja iglesia con barra y ropero...; qué grande sería simplemente bajar a la calle, coger el metro un par de paradas y comprar una ración de precocinados (bastante decentes casi siempre) y una gran-gran-gran-gran Molson XXX de una pinta, o una Coors para paladares más “refinados”… ; qué grande sería poder pasear a las 4 de la mañana por la 34th y cruzarse con un sinfín de razas atrapadas en cuerpos humanos... qué grande entrar al Mc Donald´s 24 horas y, tras esquivar varios mendigos dormidos sobre las mesas, y alguno que otro muerto, avanzar entre la oscuridad del local y pedir unos nuggets versión americana, con salsa agridulce... qué grande sería!
Así, la noche avanzaría, y en poco llegarían las 5 y pico ó 6 AM, y la claridad te guiaría como en un túnel acelerador de partículas, ineludiblemente, a través de la 5ª Avenida hasta la altura de la 56th, y verías la señal inconfundible: el primer rayo potente de sol llega al reformado lateral del Plaza, colándose entre las antenas y techos de los rascacielos del lado Este; es el momento, por fin Central Park es penetrable, y te dispones a recorrer cada centímetro cuadrado de ese submundo (I love Central Park), por sus caminos, cual Dorothy sobre baldosas amarillas; sientes la fría temperatura, que baja varios grados dentro de ese parque... no me extraña que el Pingüino viviese allí, qué gran lugar. En el norte del parque, la vida es totalmente diferente, claro, es Harlem, y casi, casi el Bronx... pero eso no es algo que me preocupe demasiado, los negros empapados en crack son personajes ya habituales. ¿Cuántos asesinatos y descuartizamientos habrá visto ese jodido parque? Al norte, como decía, hay una zona boscosa, con laderas, y montículos.. bien podía ser donde se rodó la cabecera de Barrio Sésamo, ahí, en medio de La Ciudad.

Pero si hubiera sucedido eso ahí, seguramente Espinete sería ahora un proxeneta en Brooklyn, Don Pimpón un travestido del Meat Packing District, y Chema... puto Chema.. ése seguro que es un traficante de niños igualmente...
Hubiéramos aprendido los números del 1 al 12 contando disparos de tiroteos entre camellos; hubiéramos aprendido a vocalizar con las fulanas de Chinatown; hubiéramos aprendido “arriba vs abajo” mirando al piso 100 y a la base, respectivamente, del gigante, Empire State. Hubiéramos aprendido el respeto, a la fuerza, a convivir entre razas.. y no porque lo diga la tele, sino porque lo ves, lo vives, lo sientes en la calle.. No hay que cegarse: hay diferencias, y los extranjeros todavía no son exactamente iguales a los nativos, la mentalidad estadounidense es muy conservadora… pero en La Ciudad todo eso queda aparte por momentos. Por lo menos si uno quiere.

Si uno quiere aprender un poco sobre convivencia, ha de dejarse caer por los asquerosos barrios de Chinatown en hora punta, donde el número de turistas y gente occidental es alto, pero lo inevitable es no sentirse entre una marea “amarilla”; amarilla, pero de todas las tonalidades... de todos los lugares del continente de las gripes extrañas. ¿Comer en un chino allí? es un acto de fe, o de purgación, depende de cuánto seas de religioso. O eso, o de no ir muy sobrio. Pero es curioso.. es algo que hay que hacer.

Para bajar la comida puedes seguir paseando hacia el sur, recorrer todas las calles de Tribeca hacia abajo, especialmente en las zonas del antiguo World Trade Center, y la zona de Park Row, o City Hall Park. El más puro estilo ¿Art Decó? en todos los rascacielos… antiguos, al estilo de los de Plaza España en Madrid... parecido, pero mejor, por supuesto. Antiguos, que cuesta creer que se vayan a mantener mucho más en pie, llenando de una helada sombra toda la zona. Y caminar por la zona ancha de la calle, como por Broadway antes de atravesarse diagonalmente, o por las calles estrechas, llenas de tiendas interesantes, e imágenes inolvidables, como por Ann St., o Fulton St... pequeños detalles, grandes sensaciones. Ahí, a escasos minutos, a la vista, el Brooklyn Bridge, que tantas veces recorriste en tu bicicleta, o en tu motopatín... como aquella vez que te cruzaste con el ejecutivo trajeado que calzaba bambas rosas, y montaba en una bicicleta holandesa... Pero sigues hacia el sur, y la zona de Battery Park es increíble. Ese parque de cemento y bancos frente al río Hudson, con cada uno de los miles de millones de centímetros cuadrados de cristal, de los rascacielos brillando, resplandeciendo, dando luz a esa gris ciudad... gris porque los rascacielos no dejan entrar demasiada luz, un gris que te invita a comprender la ciudad, a no banalizarla. Podrías meditar acerca de nada durante cientos de horas seguidas, sin más necesidad que un gotero con suero al brazo, y quizá un buen montón de abrigos si no es pleno verano, sentado en ese banco, pensando qué habrá al otro lado... porque, curiosamente, hay más rascacielos, pero, ¿Nueva Jersey? ¿qué es eso? nadie habla de eso, es como si no existiese; y tú miras... y ¿qué será eso? ¿Nueva Jersey? ¿y qué habrá allí?
Y esto es un río? parece mar... pero es el Hudson, aunque es igual que el mar. Estoy al borde de un gigantesco río, bajo unos gigantescos edificios, con un frío polar... es de película, totalmente. No se me ocurre ninguna situación ni medio parecida que no me parezca sacada de una película.

Cuando por fin decido irme de allí, está atardeciendo, pero 24 horas después, y me dirijo al norte, pero quiero sentir antes la vida del Greenwich... la gente joven, sin problemas aparentes, bebiendo en bares irlandeses de postín, y caminando en calles de ensueño.. ensueño para mí, claro, no están asfaltadas con oro (como en Springfield en los años 40), pero tienen una composición arquitectónica que enamora mis entrañas.. ay, Carrie, algún día seremos vecinos... Compraré el 68 de Perry St, y pared con pared la tendré. No me dejo cegar más por esa idea, y camino por la zona... Si piensas en algo más al sur...Five Points! Dios mío, cuantísima historia desconocida sucedió ahí mismo, en mis pies; la sangre corrió por litros, los muertos se contaban por millares; no es fácil creer que ahí, en medio de una encrucijada de callejuelas sin distribución cuadricular como el resto de la ciudad, caían los proyectiles lanzados desde un buque... ¡joder! si es que está el mar ahí al lado... ah, ¡no! que es río.. es difícil creer muchas cosas en esa ciudad, en La Ciudad, pero ella misma se encarga de recordarte que todo lo que ves es verdad, y que lo que no ves, también. Que lo que has visto en la tele, películas, o fotos, todo es verdad, y que hay incluso más.

El SoHo. Vuelves en ti, y puedes casi sentir los proyectiles, reventando los cuerpos; la gente refugiándose en cuadras y casuchas, donde ahora hay barrios acomodados, pero sin haber estropeado el espíritu de las calles, de La Ciudad. Los de Bowery... qué grande sería poder decir “yo soy de Bowery”… Mulberry, Mott, Prince, Elizabeth, Spring, Kenmare... y por la noche en esas mismas calles cenar en cualquier garito, tomar margaritas 2x1 en la hora feliz, y escuchar folklore americano. Y unas calles más al Este, en la misma zona, llegar a Rivington a tomarte un té con Moby en su Teany, o explorar Essex, Stanton, Suffolk, o Norfolk, hasta encontrar un sótano sin enfoscar en el que un chino con la corbata en la frente, una holandesa jamona, un negrata bailando hiphoperamente, un camarero con depresión, una portera de Huesca, y tú, os fundáis al ritmo que marcan dos DJs alemanes del sello Kompakt, haciendo temblar los hierros que sujetan temporalmente el techo de la sala.

Pero todo eso será en la próxima noche de fin de semana, cuando el insomnio no sea un problema, sino una bendición. Por ahora, te conformas con comprarte una pinta de birra japonesa en una tienda de alimentación, saliendo del Greenwich por la 7ª Avenida, pero tendrás que cuidarte de los policías de videojuego que van en Corvette o similar, de camuflaje, sobre todo si es San Patricio, y no tienes cara de yanki. Estos putos japos nunca sabrán de birra. Unos enormes barriles de todas las cervezas posibles se aparecen ante ti en un escaparate: Coors, Fosters, Becks, Molson... barriles enormes. ¿No somos en España tan cerveceros? eso lo voy a importar.

No es tarde para ir a ultimar unas compras a la 54th y alrededores con Park Avenue. No es una zona de especial comercio, pero hay unas tiendas que quieres visitar. Park Avenue merece otro post, no: otro blog, no: otro internet, aparte sólo para ella. Park Avenue...es como decir La Castellana, pero diciéndolo bien. A lo grande. Zona de adinerados urbanitas empedernidos, rascacielos, árboles, brillo, y coches... Todo presidido por el que podría considerar el edificio revelación de mi visita a La Ciudad: el Met Life Building. Está al fondo, atravesado en mitad de la calle, cortando la arteria Park Avenue. Hay que tener muchos cojones para cortar Park Avenue, y obligarla a serpentear bajo sus cimientos y por sus laterales; el edificio en sí podría pasar por vivo en una película tipo Matrix, si se le añadieran elementos humanoides. Es una enorme mole, que sólo con mirarlo no impone mucho más que otros, pero si te acercas, te das cuenta de la magnitud del edificio, de su anchura, de su aplomo, de su imponente quietud. Delante del edificio, Grand Central, toque clásico, que se contrapone totalmente al edificio, y a toda la zona, pero increíblemente transmite una sensación del triunfo humano sobre la belleza y sus clichés, sobre el concepto de belleza; te enseña cómo se superan los convencionalismos, que tan presentes están en el mundo del arte, de lo bello y lo no bello.
Park Avenue es el nunca acabar de caminar por bajos de rascacielos y complejos que nunca creíste que existirían. Bajo Citicorp hierve un mundo sibarita en el que te podrías quedar a vivir. Un mundo de tiendas, restaurantes chic, patios...y en otro submundo hay un parque dentro de los bajos del rascacielos. Y en otro hay... Y en cada esquina un Deli, con decenas de platos para llevar, todos con una presencia que te da hambre, aunque hace 5 minutos hayas vomitado de tanto comer en el anterior Deli también por gula visual... Es increíble. Qué ciudad!

Si te empeñas, puedes entrar a una tienda Disney... lo que ocurre es que 5 plantas dedicadas a Disney dan para más de lo que un joven cerebro puede soportar, pero te da una idea de la GRANDEZA de todo en La Ciudad.

Sin ninguna duda todo es increíble, cada lugar en concreto, pero es igual de increíble, o más, cada lugar no concreto, cada cosa que te sucede mientras caminas, cada vez que doblas una esquina y ves un ladrillo que no esperabas o no recordabas, o mirar hacia arriba y no ver el final de los rascacielos, confundidos en la oscuridad con el mismo cielo; o ver cómo se juntan en apenas 4 segundos 30 coches patrulla de policía y no sabes por dónde desaparecen, o que te pase rozando el pie una bici-taxi tirada por un angoleño sin que ni siquiera la oigas, o salir de la boca del metro y toparte de bruces con uno de los cientos de carros de Hot-Dogs, de los cuales sólo puedes resistirte a la mitad... ese olor, esa mostaza franco-americana... qué toquecito!

Sin duda, lo mejor que le puede pasar a un insomne como yo es vivir en La Ciudad, y bajar en plena noche a visitar Times Square, dejarte cegar por sus incontables rótulos, y perderte por el mundo de teatros y locales ocultos fetichistas. No sin antes tragar un litro de café de Juan Valdés en el mismo Times Square, con su taza giratoria gigante, al más puro estilo Simpsons, o Futurama. La cafeína es un bien al alza allí, en La Ciudad, sobre todo en invierno. Los negros empapados en crack, sustituyen éste por cafeína cuando tienen que estar medio serenos para actuar en la estación de la 42th. Los ejecutivos ingieren toneladas de cafeína anualmente, junto con su McMenú de las 2 d la madrugada en el basurero social con forma de Mc Donald’s en los submundos de Penn Station. Los empleados urbanos consumen litros de café, y curiosamente no recogen apenas envases. El civismo urbano alcanza un nivel jodidamente elevado en New York City, que contrasta con los altos índices de enfermedades mentales degenerativas. Los turistas consumen mucho café. Los nativos en sus horas de comer también. Los negros...las negras consumen café. Los sudamericanos maman café. Los chinos... ¿qué coño hace esa gente en la vida? es un puto misterio. Venden, y desaparecen, igual de misteriosamente que aparecieron. Son una jodida raza sospechosa, más que sospechosa. Sin ánimo de ofender, pero es que me escaman.

Y yo, tomo mucho café en La Ciudad. Pero con estos paseos que me doy me hace falta. Hace rato que me desenganché del gotero que tenía en Battery Park, y necesito sustancias y nutrientes. Resumiendo un poco brevemente: una gorra, un MP3, una bicicleta y una MetroCard (por si acaso), y unos pavos para café, y uno se puede sentir la persona más afortunada, poderosa y privilegiada del planeta. Pero el resumen más duro es que, si estás allí, no hay más planeta. Se olvida rápido que existan más cosas. Yo no me lo creía; no me lo creo...

..."